lunes, 18 de febrero de 2019

UN SEÑOR VESTIDO DE NEGRO


Lo recuerdo siempre vestido de negro, con esa elegancia innata que tienen  los hijos de Breogán. Un gallego leal a sus ideas que se vino a esta tierra castellana como un siglo atrás se venía Rosalía, miña nai, miña santiña. En aquella España tan feliz pero tan cateta, Benigno era un personaje con una curiosidad que lo destacaba del resto y así, entre mis recuerdos infantiles, está el de verlo filmar con su tomavistas en Lapamán y, ya de regreso del veraneo, ver aquellas películas en su  casa de Torrejón de Ardoz, ese poblachón manchego-madrileño tan lejos de su Ribadavia natal. Tuve la fortuna de tratarlo y siempre me pareció un hombre educado, culto, con un acento gallego que le hacía dulce a los “secos fillos do deserto”. Ahora, al cabo de los años, lo recuerdo como un caballero gallego de unas facciones que, no sé por qué las veo como talladas por Victorio Macho, el gran escultor palentino. Se había quedado viudo muy joven y siempre conservó su viudedad y su luto. Era grabador de los de antes, un joyero que jamás usó pantógrafo. Tenía muchas razones para hablar mal del régimen que lo había desterrado al desierto castellano, pero jamás le oí una palabra en contra de nadie. Fue un caballero hasta en eso. Ya en los años noventa, pasando unos días en casa de mis tíos,  lo traté en la costa de Muros y me siguió pareciendo, en su vejez, el mismo Jamás le oí una palabra más alta que otra y tan sólo una vez, cuando radiaban el entierro de don Juan, el conde de Barcelona, se quejó de una manera casi simbólica de la cobertura que estaban dando los medios a la muerte de ese señor. El era un hombre de aquella República que la acabaron matando entre unos y otros. Que sepa usted, señor Benigno, que mi amor por Galicia empezó con mi respeto por aquel señor de negro que un día llegó a Marín. Entonces yo era un niño y, probablemente, usted fuera más joven de lo que yo soy ahora, pero su seriedad y su caballerosidad me impresionaron. Ahora, tratando de Ángeles Gulín y de Antonio Blancas se me ha venido a la memoria y he querido recordarlo en la humildad de este mi blog. Seguro que, na Praia de Rianxo ainda caen como bágoas as estrelas.

 



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