lunes, 25 de septiembre de 2017

LA EDUCACIÓN NOCTURNA DE HILARIO BARRERO


         Hay ocasiones en que un libro de poesía te trastorna, te hace que lo lleves en la memoria a lo largo de las actividades y quehaceres del día. Estos libros son raros en los tiempos que corren en donde se practica una poesía muy descafeinada, que busca el premio y el relumbrón, pero que no tiene “chicha”. No es el caso de este poemario – antología de Hilario Barrero al que no conocía y cuyo descubrimiento ha sido lo mejor que me ha ocurrido en poesía en los últimos años y , perdón por la inmodestia lectora, pero me leo muchos poemarios al año. La de Barrero es una poesía honda, en donde el dolor surge como elemento sanador del poema y que cura al lector de sus propios dolores que no son tan diferentes de los del poeta toledano. Educación nocturna es el reino del tiempo que pasa y que huye y del deseo que no nos abandona. Es un canto a la vida y a la libertad el que entona ese niño cuyos ojos estaban doloridos de murallas y que un día se marchó a Nueva York, cansado de mañanas de niebla, de inquisidores de medio pelo y del olor a aguardiente barato de aquella sociedad que lo condenaba por ser diferente.  Me ha gustado tanto que le he compuesto a su autor un poema que saldrá en mi quinto libro de npoemas, Las parras fecundas.
         No vale ni la décima parte que los de Barrero, pero, como los toreros, entre poetas, nos entendemos.


Amarrado al árbol de la noche oscura
tu cuerpo no soporta una saeta más.
Hilario Barrero
Admiro aquel niño que está prisionero
con los ojos doloridos de murallas,
con la boca deseosa de los cuerpos
que se ocultan en prohibidas alamedas.

Admiro a aquel hombre que mira y se oculta,
que se guarda un nombre escondido en el pecho
y las calles recorre junto a Tristana,
triste Sebastián de  crueles arqueros.


La azotea tenía temblor de geranios,
de calor que prendía el torso desnudo,
de manos benditas del líquido espeso
que surgía de la fuente de tu centro.

Sintiendo en tu boca una brasa encendida,
buscabas las bocas de labios mordidos,
aquéllas que habitaban  noches oscuras,
aquéllas que sangraban de miedo rabioso.

Y un día marchaste a la gran Babilonia;
y viviste el  amor sin mañanas de niebla,
los ojos sin dolor de viejas murallas,
viviendo lejano de sotos prohibidos


Aguardan en tu  infancia los geranios serenos,
libre tu pecho de afiladas navajas
e inermes se doblan los crueles arqueros
a la lengua que vence arrasando en lo oscuro.








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