Estoy
en deuda con vosotros porque no os he contado todavía cómo eran los estudiantes
de aquella época. Os lo cuento para que veáis que en todas las épocas ha habido
alumnos “disruptivos”, pero, a mi modo de ver, estos más que disruptivos eran,
con perdón, unos cabroncetes desalmados y a punto ser enviados al reformatorio.
Os copio la queja que los profesores
pusieron ante el Ayuntamiento por el mal comportamiento de esos “angelitos”:
No
temen a sus profesores y se pelean incluso en su presencia y les responden de
la manera más ofensiva. Llevan sus espadas no sólo en las calles, sino también
en el colegio; juegan a la pelota durante los servicios religiosos y también en
clase. Y frecuentan lugares de dudosa reputación.
¡Madre mía”! Y nos quejábamos en Olmedo
de aquel curso de Diver que nos agotó la paciencia como bien sabe mi buen amigo
Eduardo Rodríguez – Monsalve, orientador en el Alfonso VI por aquellos años.
Aquellos chavales olmedanos eran monjitas de la Caridad en comparación con
estos zangolotinos alemanes que insultaban a los profesores, llevaban espada,
fastidiaban los cultos religiosos jugando a la pelota y hasta practicaban en la
misma clase pases de balón para ser unos Cristianos Ronaldo cualquiera.
Por lo que se ve, eso de ser disruptivo
es tan viejo como el que haya escuelas, profesores y alumnos. Lo malo es lo que
tendré a bien contaros en la siguiente entrada porque, según Gardiner, no se
sabe a ciencia cierta si el maestro Bach, en su época estudiantil, fue un
modelo o, por el contrario, un pandillero de mucho cuidado. Ya ni de Bach te
puedes fiar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario