viernes, 28 de noviembre de 2014

VLADIMIR DRAGOSSÁN, EL VAMPIRO DE PONTEVEDRA





Me lo solía encontrar en la calle de Michelena, aquella que dio nombre a mi querida librería en la que tantos textos clásicos compré y en la que soñaba con mi carrera, ahora ya acabada hace más de veinte años. Rafa Pintos avanzaba impávido mientras las miradas de la gente lo seguían. Vestido con su capa negra de forro rojo, Rafa era una sombra gótica y dandy en la Pontevedra de los ochenta en la que aún estaba el café Savoy y sus camareros vestidos de blanco con los cuellos verdes. Pronto se hizo llamar Vladimir Dragossán y con ese nombre de guerra se iba al cementerio a recibir la paz eterna de los muertos y a echarse un traguito de sangre que siempre es mejor hacer eso que andar chupándosela al prójimo como hace el señor Montoro desde su Ministerio. Luego, vino aquello del sidecar en Adeviña qué ven esta noite en pareja con ese inefable John Ballan y esa ¿canción? que se llamó, para vergüenza de propios y extraños, Paca, te clavé la estaca con la que Vladimir grabó unos de los videoclips más horrorosos que se han parido en un estudio. Para redimirse de tan inmenso pecado de chabacanería, Rafa Pintos le dedicó un libro a su querido John Balan, el hombre orquesta, ese señor de Seixo al que le hemos dedicado la entrada anterior. Ahora no sé por dónde anda, pero le deseo lo mejor a Rafa Pintos, el Drácula de Pontevedra. Os aseguro, yo que le he visto tantas veces por la calle,  que da mucho menos miedo que su paisano Rajoy.

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