domingo, 12 de marzo de 2017

EN TORDESILLAS CON MI LOCA JUANA



 

         El miércoles pasado regresé a mis raíces y me fui a recorrer las calles de Tordesillas y a pasear con mi loca Juana. Es una pena que tan hermosa ciudad castellana sea tan sólo conocida por El toro de la Vega teniendo como tiene tantas maravillas para ver. Vamos por orden. En primer lugar, el convento de las Clarisas que, construido sobre un palacio árabe de Alfonso XI, es una de las grandes maravillas del arte mudéjar. Nadie que vea y no se emocione ante el artesonado mudéjar de su iglesia puede decir que está vivo. Y dentro del entorno del monasterio, como parte de los que fue el antiguo palacio, unos baños árabes únicos en Castilla. Y en el convento, el realejo de mi Juana, el que fue archivo del monasterio, la sacristía, el claustro empedrado y ese trocito de palacio que se descubrió hace unos pocos años y que nos revela cómo fue aquella maravilla del estuco y el color. Pero aún nos quedan por visitar la iglesia de San Antolín, la Casa del Tratado en donde Portugal y España (eran otros tiempos) se dividieron el mundo, el puente sobre el Duero, la maravillosa plaza cuadrada, el paseo a las orillas del padre de los ríos castellanos en donde todavía se escuchan los suspiros de la joven Catalina, llevada Portugal cuando era un niña para casarla en tierras lusas. Y n sigo porque son  tantas las  maravillas que hacen de Tordesillas, el Oter de Siellas medieval, una ciudad para visitar muy despacio. Pero, si aún con esto no bastare al viajero curioso para que se llegara hasta aquí,  que lo haga, al menos, por la repostería sin igual de las Claras (el olor de la gloria atraviesa los claustros y nos acompaña en la visita) y por el bar Rusky que, con sus patatas bravas, mansas, alioli y santo del Cristo puede justificar una visita a tan ilustre villa. Y, si las patatas al santo del Cristo están recién hechas tal y como tuve la suerte de probar este miércoles, se comprende que mi Juana, a la que sus crueles carceleros no dejaban salir, enloqueciera en el palacio que ahora ocupa un parque de juegos infantiles. Tordesillas es una real villa y merece, al menos, pasearla por sus rúas y tomarse una leche helada de Baonza. Luego, al caer la tarde, ver como el Duero sigue camino de Zamora, la bien cercada, soñando con el mar de Oporto y sus fados menores.



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