lunes, 28 de agosto de 2017

LA REINA CATALINA DE PORTUGAL



La reina doña Catalina, hija menor de Felipe el Hermoso y de doña Juana I de Castilla, nació en Torquemada, Palencia, un 14 de enero de 1507 y ya no la pudo conocer su padre que murió en el año de gracia de 1506, según se ha contado siempre, por beber un vaso de agua fría tras jugar un partido de pelota. La niña se crio en Tordesillas con su madre, prisionera en el palacio,  hoy desaparecido,  bajo la custodia férrea de los Marqueses de Denia y no tenía más contentamiento que el realejo de su madre y unas monedas que echaba en el enlosado de la calle para que los niños de Tordesillas acudieran para hacerle compañía y acercarse a la plaza a por chuches. Lo cuenta muy bien, - no podía ser de otra manera- , Laurent Vital, el cronista del primer viaje de Carlos I a España:

         A menudo por petición suya, los niños iban a jugar delante de ella, porque a los niños les gusta ver a otros niños… y a fin de que con más gusto allí volviesen, cada vez les arrojaba alguna moneda de plata”

         Pobre niña en su cárcel de plata que tenía que conformarse con ver jugar, pero no jugar ella misma.

         Sin embargo, esta niña estaba destinada a ser reina de Portugal al casarse con don João III, hermano a su vez de Isabel, la portuguesa con la que se casaba su hermano Carlos, al que tanto quería y respetaba.

         Catalina, muy bien educada por su madre en latines, griego y música (era muy devota como su madre del flamenco Pierre de la Rue) se marchó para Lisboa y allí fue reuniendo una colección de arte que le llegaba de diversos lugares del mundo, pero, en especial, del Asia que los portugueses acabaña de descubrir. Fama tuvieron también la magnífica colección de tapices que, como buena Habsburgo, fue coleccionando en los palacios reales portugueses. No tuvo suerte la pobre con los hijos pues todos se le murieron en tierna edad y tan sólo João llegó a la edad de desposarse con la hija de Carlos V, Juana, de la que nacería el rey don Sebastián, ese muchacho que tantos puntos de contacto tiene con nuestro príncipe don Carlos pues  ambos, como estudió Manuel Fernández Álvare, estarían tocados por un gen loco que iba saltando cada dos generaciones entre los Trastámara primero y entre los Habsburgo,  después. Cuando murió don João III, Catalina, siguiendo las enseñanzas de Juan Luis Vives, se convirtió en la viuda perfecta y llegó a ser una portuguesa más defendiendo en todo momento a su país de origen.

         Sin embargo, ya hacia el final de su vida, Catalina se planteó muy seriamente el regresar a España, decisión que apoyó su sobrino Felipe II. Eligió un convento de Ocaña, Toledo, para pasar su vejez entre las monjas. La causa de este deseo de regresar a su país la ponen los historiadores en las desavenencias que surgieron entre la reina y su nieto don Sebastián, siempre obsesionado por vestirse de gloria en hazañas épicas de las que mentes más preclaras ( léase don Juan de Austria) intentaban disuadirle. Mas con todo, la reina viuda no se vino para España y se retiró al Convento de la Madre de Dios de Xabregas mientras se dedicaba a terminar la capilla que albergaría su sepulcro en le monasterio de los Jerónimos para cuyas pintura recurrió al mismísimo Tiziano, mas no pudiendo éste,  por falta de tempo,  pintarlas, fue el portugués, con ascendencia sevillana, Lourenço de Salzedo, el que las pintó. Aquella niña que buscaba la compañía de los niños de Tordesillas murió en Portugal en 1578, a los setenta y un años con grande sufrimiento, según le escribió Fontana, nuncio papal en Lisboa,  al cardenal Como.

         Y hasta aquí la vida, muy resumida como es lógico, de aquella niña que tanto me emocionó cuando hace ya muchos años leí la vida de doña Juana escrita con mano maestra por ese gran historiador que fue don Manuel Fernández Álvare, sin olvidar que,  ya antes, en los años treinta, se había ocupado de ella el gran Félix de Llanos y Torriglia, el mismo que escribió la biografía de don Germán Gamazo y Calvo, el prócer de Boecillo. Pero eso es otra historia muy larga que se va plasmando poco a poco en un libro que, Dios mediante, quizás vea la luz antes de fin de año.

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