miércoles, 22 de enero de 2020

JOSÉ ANTONIO FERNÁNDEZ GARCÍA, POETA DE CÓRDOBA


 

NADIE OÍA

 

Nadie oía el crepitar de las hojas 

en otoño. Tal vez porque  era todo silencio 

vestido de árbol, echando raíces 

en el bosque. Fue entonces 

cuando rugió el viento y pronunció su nombre: 

                                                                        -Alma.

Y de repente, el vientre de los álamos

se vistió de niña, y los arces huyeron,

y no quedó nadie: así la palabra de grande.

 

        
He tenido la fortuna de conocer a este poeta cordobés ( no voy a decir de nuevo aquello de” qué tienen en Andalucía para alumbrar tantos y tan buenos poetas) en Facebook y tuvo la gentileza de enviarme su libro “A bordo del mar” que es un libro sentido, hondo, con una estética que está muy cerca de mi manera de escribir y que me consuela porque me gusta esta poesía tan andaluza, tan “barroca”, tan sentida. Hace años que, cuando leí al grupo cordobés de Cántico (Aumente, Vicente Núñez o García Baena sin ir más lejos) me di cuenta de que en esa manera de escribir me reconocía. No es raro pues que me vea retratado en esta poesía que este poeta de Luque practica y que deja el aroma de la buena poesía que últimamente no se huele mucho porque nos hemos empeñado los poetas en hacer una poesía en la que el sentimiento queda fuera; es más, parece que el mundo actual, tan deshumanizado, se nos ha colado de rondón entre nuestros versos. Os he copiado ese maravilloso poema, pero también quiero copiaros, con el permiso de José Antonio Fernández García, el poeta de Luque, este poema que leo y releo. Va por vosotros.

 

EPÍLOGO

 

Si alguna vez muero, no quiero hacerlo de espaldas.

Llevadme a la montaña  gritadle al viento mi nombre

antes de que anochezca, sin rabia ni dolor,

que parezca que aún permanezco despierto.

 

Si alguna vez muero, no arrojéis a los ecos mis restos;

que vociferen cuanto les parezca por mucho que crezca la hierba.

Si alguna vez muero, no le pongáis trabas a los valles.

Llevadme hasta la desembocadura de un río

y dejadme desentrañar libre allí la inmensidad de los mares.

 

Si alguna vez muero, no permitáis que sea cadáver.

Desmantelar uno a uno cada miembro de mi cuerpo

y que liben libremente la abejas de mi piel

hasta endulzar la rigidez de las piedras.

 

Si alguna vez muero, no quiero hacerlo de veras.

Colocadme en una mano el pétalo de un lirio

y en la otra un libro en blanco de poemas.

 

Ahí queda. Para los entendidos.


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