jueves, 17 de septiembre de 2020

UNA VIEJA FÁBULA MORAL EN LOS HISTORIADORES

 


DECAPITAR LAS ESPIGAS

 

πέμψας γὰρ παρὰ Θρασύβουλον κήρυκα

ἐπυνθάνετο ὅντινα ἂν τρόπον ἀσφαλέστατον

 καταστησάμενος τῶν πρηγμάτων κάλλιστα

τὴν πόλιν ἐπιτροπεύοι.

HERÓDOTO – Historias. 5, 92f

 

clamó el mensagero al huert

en el cual muchas coles havie

et sacó un ganivet

et teniendo la letra en la mano et leyend

talló todas las coles mayores

que yeran en el huert.

 

Cantar de la Campana de Huesca- siglo xii

 

Se pensaban los nobles que sería fácil burlarse de mí, un rey mitad monje, mitad soldado; un rey cuyo sitio más era el claustro monacal que la corte de Huesca; un rey que pondría hasta setenta veces siete la otra mejilla. Se pensaban los nobles que me podrían manejar a su antojo, que sería un rey abúlico, que sería un rey que se movería como una marioneta de sus ambiciones. Y se equivocaron.

         Un día escribí a mi antiguo abad del monasterio de San Ponce de Tomeras y le entregué la carta a un mensajero que, partiendo a uña de caballo, apenas tardó en llegar. Cuando el abad lo recibió, lo llevó al huerto del monasterio, un huerto muy bien trabajado por los monjes que empleaban, tal y como prescribe la regla benedictina, ocho horas del día en su cultivo. Llegando a una tabla de repollos, el abad cortó con una espada aquellos que más sobresalían y le dijo: “Cuéntale al rey Ramiro lo que has visto”

         Partió el mensajero camino de Huesca y cuando llegó, me contó lo que había visto. Al principio, quedé desorientado pues no comprendía el mensaje que me había querido trasmitir mi antiguo abad, mas, al cabo de un rato, se me vino a las mientes una lectura que mucho le gustaba y que, muchos días, al sol de febrero que iba calentando el claustro, me contaba. Aquella lectura amena se trataba de un rey que, al igual que yo había mandado un mensajero a mi antiguo abad, él había mandado otro   a la   corte del  rey  Trasíbulo de Mileto y,   éste le había dado a aquel mensajero, enviado por Periandro de Corinto, la siguiente contestación que recoge el gran historiador griego Heródoto de Halicarnaso al que leíamos en una traducción latina que había traído consigo un viejo monje casi ciego, que respondía al nombre George Ludovic,  desde su tierra de Panonia. Así decía esa historia:

Periandro de Corinto despachó un heraldo a la corte de Trasíbulo de Mileto para preguntarle que con qué tipo de medidas políticas conseguiría asegurar sólidamente su posición y regir la ciudad con el máximo acierto. Entonces Trasíbulo condujo fuera de la capital al emisario de Periandro, entró con él en un campo sembrado y, (...) cada vez que veía que una espiga sobresalía, la tronchaba (...) Acabó por destruir lo más espléndido y granado del trigal. Y, una vez atravesado el labrantío, despidió al heraldo sin haberle dado ni un solo consejo”.

         Recordé la explicación que me daba: esas espigas que sobresalían eran los nobles del reino y  lo que quería decir Trasíbulo al cortar las espigas que sobresalían era que conservaría el poder si lograba suprimir los nobles levantiscos y díscolos cortando sus cabezas como había cortado las mejores y más sobresalientes espigas y dejando los bálagos huérfanos.

         Lo demás ya lo conocéis: llamé a los nobles y, según llegaban, les iba cortando sus cabezas con las que formé una campana a la que puse de badajo la cabeza del obispo, tan levantisco o más que los propios nobles.

         Tras esto pude reinar en paz y hasta me casé con Isabel de Poitou, una viuda francesa, en la catedral de Jaca. Fue ella la que me dio a mi hija Petronila que casó con Berenguer IV. Pero basta por hoy de historias de mi reinado. La tarde está llegando hasta este monasterio oscense de San Martín el Viejo en el que vivo dedicado a mis rezos. Está  ya la campana tocando para el rezo de Completas y la sillería del coro me espera. Así soy feliz, mucho más feliz que cuando era rey porque siempre tuve esta vocación de entregarme a Dios, de ser nada más que un simple mortal mitad  monje y mitad soldado.

 

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