martes, 30 de junio de 2015

LA INSISTENCIA EN LUZBEL DE MANFRED







Llevo este mes ya muchos comentarios y entradas sobre la obra, la gran obra de Lord Byron, y quiero hablaros del último que he leído, de su Manfred. Lo primero, decir que lo tenemos en castellano en una espléndida traducción de Enrique López Castellón, Catedrático jubilado de la Universidad Autónoma de Madrid. El tema de Manfredo, ese noble fáustico que vive con su culpa en su castillo de los Alpes, gustó a Schumann que le dedicó su Manfred, poema con texto en alemán basado en la obra de Byron, y a Tchaikovsky que escribió su sinfonía Manfred. Pero ¿que es lo que tiene Manfred que tanto atrajo a los músicos románticos y postrománticos? Pues su alma romántica. Manfredo es un personaje de Byron que, como el corsario Conrado o como Childe Harold, viven en la soledad heroica. Pero es que además, Manfred, si me permite Francisco Brines robarle un título, revela una insistencia en Luzbel.  Sin dios ni dioses, perseguido por la culpa y sin poder conseguir el olvido purificador, Manfred dice al anciano:

-         No es difícil morir, mi buen anciano.

En fin, Manfred, no sé yo…

JUVENTUD SIN DIOS


 
Compré este libro lleno de expectativas pues tenía muy buenas referencias de él. Lo leí y sentí un cierto vacío, una sensación de que esa crítica a la juventud que acabó en las filas del nazismo no era como yo la había imaginado. Impecable de factura (soberbia, por cierto, la traducción de Berta Vías Mahou) y lleno de muy buenas ideas, sin embargo pensé tras su lectura que lo que el autor dedica al juicio podía haberlo dedicado a haber criticado con más dureza a esa juventud que, sin Dios, buscaban un amo fuerte y lo encontraron en el señor bajito y con bigote. Son cosas que pasan: a veces, una obra de grandísima calidad como es ésta no te acaba de gustar del todo porque, en nuestra soberbia, la hubiéramos escrito de otra manera. Pero para eso, tendríamos que haber sido Ödön von Horvarth y, como es público y notorio, no lo somos.

lunes, 29 de junio de 2015

UN POETA ALCARREÑO




A José Luis Estruch y a un servidor nos hacía gracia el título de un libro de  este poeta del que quiero hablaros: Diario de un trabajador. Y nos hacía gracia porque éramos jóvenes y acusábamos a un profesor de la Facultad, sin fundamento alguno, de ser muy vago y, entonces, ese título, decíamos, le venía que ni pintado para nuestro profesor. Pero como éramos jóvenes, muy jóvenes, no tuvimos tiempo de leerlo. Pasando el tiempo y ya con la carrera acabada, acudí a unas oposiciones a Guadalajara, al Instituto que hasta no hacía mucho se había denominado Brianda de Mendoza, pero que ahora había retomado su nombre originario: Liceo Caracense. En el bellísimo patio de este Instituto, aparecía y creo que seguirá una placa en la que hacía mención al poeta del que os quiero hablar. Y, por fin, en este mes de junio, cuando han pasado veinticinco años que sí que son algo, pese a lo que diga Gardel para los veinte, he leído una antología del poeta alcarreño en esas selecciones que hacía Austral. Su poesía es una poesía de alto voltaje que aleja cualquier payasada de las habituales entre los ganadores profesionales de concursos. Habla s de Dios y no se le cae nada; habla del hombre que sufre porque vive y vive pensando para los otros y tampoco se le cae nada; habla del campo con palabras que huelen a la Alcarria y tampoco pierde ningún atributo. También cuida la métrica del poema y trabaja con endecasílabos que se encabalgan porque lo que nos quiere contar este buen poeta no le cabe en el verso como antes no le cabía en la lengua. Un gran poeta olvidado, sepultado por el alud de libélulas temblorosas que le ha caído en desgracia a la poesía española.  Se llamó en el siglo Miguel Alonso Calvo, pero se le conoce  por su nombre artístico: Ramón de Garciasol, alcarreño de Humanes de Mohernando, amigo de Buero vallejo, con quien compartió mesas en el Instituto caracense y buen persona. ¿Alguien da más?

Pero a tu sombra, amor

Rompe el tabique, trae a la ceguera
el diálogo, tu música. Me llenas
de otra luz esta carne donde penas,
recuerdos van. Tú sigue, compañera,


cogida de mi mano. Me redime
esa voz tan alzada de romero,
de campo con simienza y caminero
paso. Veo en tu verbo, creo. Dime


por qué este olor -¿es mayo?-, cómo ha sido.
Habla o calla, mujer, pero a mi lado,
pero a tu sombra, amor, pero a tu oído,


pero a tus brazos. Habla o calla, esposa,
pero ahí. ¡No me sienta abandonado
sobre la Tierra inmensa, silenciosa!


 

TAN SÓLO POR LA LUZ LA SOMBRA EXISTE


Como en el caso que hace poco os comentaba de José Luis Parra, nada sabía de este poeta y cantautor madrileño que se llama Antonio Pastor Gaitero. De su libro, me enamoró el título tan rotundo: Tan sólo por la luz la sombra existe, un endecasílabo que decía, además, una verdad como un templo. Luego vinieron sus versos, antiguos, con ese sabor a vino con buena solera, a poesía de calidad. Y me gustó claro y le agradecí a ediciones Lastura ese buen ojo para publicar poetas de verdad ( los otros ya sabemos dónde publican y quiénes los publican). El 11 de junio pasado, en la caseta de Huerga&Fierro, leyó, entre otros, este poema:

Recibo la rutina que me asola

con el escudo que defiende el canto,

con el único escudo que levanto

a la luz y al color de la amapola.

 

La fuerza de tu mar, ola tras ola,

me protege de males con el manto

de tu sonrisa, al ritmo del encanto

que Ofenbach dejó en la Barcarola.

 

Día tras día intento al levantarme

pensando en ti, creer en la sonrisa,

mirando al sol que brilla en alcaceles.

 

Y me quedo en los labios que, al besarme,

me acercan a la sal que el mar precisa,

al cáliz que precisan los claveles.

 

Antonio Pastor Gaitero

 

¡Gracias, Maestro!

 

 

BERLANGA Y LOS MASURES O LA SULEIKEN DE LENZ



Mi amigo Rainer, el hombre más importante de Bonn después de Beethoven, me habló en alguna ocasión de Pomerania como una región “profunda” de Alemania, pero gracias al libro de Lenz ¡Qué bello era Suleiken!, he conocido otra que no le va a la zaga: Masuria, una región del sur de la Prusia Oriental que desde el siglo XII fue poblada por los eslavos mazovios, pero que pasó a ser alemana y, tras la Segunda Guerra Mundial, polaca. Lo cierto es que Siegfried Lenz va pintando cuadros de Masuria llenos de gracia y de buen humor y vemos en estos masures un cierto toque berlanesco que no podemos olvidar. Así, ese viaje del pueblo al completo, porque un vecino no quería ir sólo a una ciudad cercana, tiene todo el sabor de Berlanga en sus mejores tiempos. Un libro que nos hace reír el de este escritor, muy leído en Alemania,y que fue redactor del diario Die Welt.  Cuando pueda me iré para Masuria y bailaré la mazurka que, por si no lo sabíais nació en tan curiosas tierras.

 

BERNARDIN DE SAINT-PIERRE


Creo que es la primera vez que hago una entrada sólo para un autor y no para el autor y su obra, pero es que la vida de Bernardino de Saint-Pierre puede ser de todo menos aburrida. Nació en El Havre un 19 de enero de 1737, hijo de un empleado de las mensajerías de ese gran puerto francés. El muchacho estudió en los jesuitas en donde leyó Robinsón Crusoe que, pese a los que dicen que leer no sirve para nada, cambió su vida. Viajó a la Martinica y en una etapa juvenil fue casi todo: capitán, ingeniero, geógrafo, profesor de matemáticas, utopista convencido que se marcha a Rusia, en principio para fundar una colonia agrícola, pero con tiempo para seducir, según dicen, a Catalina II.  Va comisionado a Finlandia y luego a Polonia en donde ama a la princesa María Miesnik y, desde allí, se va a Dresde para caer en los brazos de una cortesana . Vuelve a París en donde como capitán de ingenieros se dedica, cansado de su vida anterior a escribir. Es entonces cuando escribe Pablo y Virginia y se la lee a mademoiselle de Lespinasse de cuyos salones era asiduo participante.. Esta obra le abre las puertas de la corte y es nombrado preceptor del Delfín, sucediendo a Buffon en el Jardín Botánico. A los cincuenta y cinco años se casa con la hija de su editor ( ¡Olé!), la joven Felicidad Didot, pero a los siete años enviuda. Lejos de quedarse como viudo ejemplar y sentido, Bernardino se vuelve a casar con Desiderata Pelleport con la que alcanza la felicidad y en cuyos brazos muere en Eragny, el 21 de enero de 1814.  El hombre que en su novela más conocida había opuesto el mundo “podrido” de la Europa del Antiguo Régimen al mundo idílico de la Isla de Francia resulta que no es precisamente un monje de clausura. Claro, es que, como decía mi abuelo Julio, el Alubiero, una cosa es predicar y otra muy diferente, dar trigo.

         ¿Quién ha dicho que los antiguos se aburrían y que hemos descubierto nosotros, pobres ilusos, la diversión y la fiesta?

        

 

PABLO Y VIRGINIA







Ya llevaba mucho tiempo, quizás años, queriendo leer la novelita de Bernardino de Saint- Pierre, Pablo y Virginia. La historia, al comienzo, me pareció una especie de Dafnis y Cloe ambientada en la Isla de Francia, la que conocemos ahora como Isla Mauricio, esa paradisiaca isla en las aguas del Índico ,  por el alejamiento de la muchacha  por culpa de ese viaje a Francia motivado por la malvada tía europea, pero , - y no quiero revelar el final-, la ausencia de anagnórisis, es decir, de encuentro final y reconocimiento de ambos protagonistas la aparta de la novela griega alejandrina o helenística. Sin embargo, no nos podemos quedar en que es tan sólo una simple de novelita de amor entre jóvenes que sufren su enamoramiento pues la novela va algo más allá. En primer lugar y tomando como punto de análisis los mundos, encontramos dos ámbitos opuestos: el mundo arcádico de la isla en donde reina una igualdad social y una bondad casi paradisiaca y el mundo Europeo que, podrido por el mal, estaba pidiendo una Revolución que no tardaría en venir. Si miramos la novela desde la perspectiva de la Religión,  encontramos la idea ilustrada de que el hombre ha sido hecho para su disfrute y que la Providencia vela por él.

En tercer lugar, vista desde un punto sociológico, la novela defiende la abolición de la esclavitud. Se me podrá refutar que en la novela hay esclavos, pero éstos son casi de la familia y los personajes “libres” tienen con ellos un trato exquisito.

En cuarto y último lugar, la novela refleja muy bien las ideas de Rousseau de que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que lo corrompe y así encontramos a “buenos salvajes” frente a la maldad de los civilizados europeos.

         Quiero además, ya para terminar,  tratar de esa consolatio, que en el más depurado estilo clásico ( Cf. el estudio sobre las Consolationes latinae de mi buen amigo Fernando Lillo Redonet) aparece ya hacia el final de la obra. Basta leerla con atención para comprobar que estamos ante una consolatio tipo con la consideración de la muerte como un bien y el aporte de ejemplos por los que es  preferible la muerte de Virginia que el que hubiera seguido con vida. (Sin querer os he revelado el final, lo siento).

         Por tanto, una novela interesante que recoge, con un tema aparentemente banal,  la ideas ilustradas que llevarían  en 1789 a la Revolución Francesa.

         Del autor, tengo tanto que contaros que lo hago en entrada aparte.