miércoles, 13 de junio de 2018

UN EPIGRAMA DE MARCIAL





Vitam quae faciant beatiorem,

iucundissime M artialis, haec sunt:

Res non parta labore, sed relicta;

non ingratus ager, focus perennis;

lis numquam, toga rara, mens quieta;

vires ingenuae, salubre corpus;

prudens simplicitas, pares amici;

convictus facilis, sine arte mensa;

nox non ebria, sed soluta curis;

non tristis torus, et tamen pudicus;

somnus que faciat breves tenebras:

quod sis, esse velis nihilque malis;

súmmum nec metuas diem nec optes.

 

         Antes de presentaros la traducción, conviene hablar de la métrica. Marcial usa un verso que es el endecasílabo falecio que tiene esta estructura métrica:

 

(--) Anacrusis inicial  / -vv / -v –v –v. Tenemos pues tras la anacrusis inicial, un dáctilo y una tripodia trocaica. Hemos visto este esquema de verso en el poema de Martialis que tanto gustaba a Jacobo Muñoz Veiga.

 

         Y así sería una traducción al castellano:

 

Lo que hace más feliz una vida,

éstas son, Marcial venturosos.

Una hacienda no conseguida con trabajo, sino heredada;

un campo no desagradecido, una lumbre permanente;

jamás tener pleitos, la toga en pocas ocasiones, un espíritu tranquilo;

las fuerzas de un hombre libre y la salud del cuerpo;

una sencillez prudente, amigos de igual clase;

un convite fácil, una mesa sin lujos;

una noche no ebria, pero libre de cuidados;

un lecho no triste y, con todo, casto;

un sueño que haga breve las tinieblas;

lo que seas quererlo ser y no preferir otra cosa;

ni el último día temer ni tampoco desearlo.

 

 

 

 

JACOBO MUÑOZ VEIGA


En aquellos días en que yo era niño-Dios en Madrid, Jacobo Muñoz Veiga era mi profesor de filosofía. Desperdicié sus clases porque en los locos dieciocho años de primero de carrera todo estaba permitido incluso despreciar aquellas clases en las que Jacobo desplegaba no sólo todo su conocimiento filosófico, sino su conocimiento sobre  diversas materias que él dominaba como el que  juega a un hermoso juego palatino rodeado de abanicos y tules. Jacobo era un artista de la filosofía a la que llegó porque, en sus años de estudiantes,  le había parecido un baile de ideas. Nosotros no le hacíamos caso y hablábamos de las estupideces de las que se habla a los dieciocho años. Jacobo había traducido del alemán a Hörderlin y nos citaba al poeta en alemán para rechifla de aquellos mozos incultos y bárbaros que éramos. Jacobo hablaba como suena un oboe de Poitou, cadencioso y bello. Nosotros nos fijábamos en las disputas con Oswaldo Market y en atribuirle falsos nacimientos en la plaza de la Veiguiña, en Marín. Mucho más tarde, supe que había nacido en Valencia y, ahora, en esta madurez serena, he sabido que ha muerto en Madrid a los setenta y seis años aquel profesor que acababa de cumplir los cuarenta cuando nos daba clase en la Complutense. También hace unos años conocí a sus discípulos más conspicuos, José Luis Pardo y Felipe Martínez Marzoa. Mi recuerdo de Jacobo más maravilloso es cuando nos recitó este poema de Marcial en endecasílabos falecios. Aquí os lo pongo y os hablaré del poema en la próxima entrada.

XXXIV
Triginta mihi quattuorque messes
Tecum, si memini, fuere, Iuli.
Quarum dulcia mixta sunt amaris,
Sed iucunda tamen fuere plura;
Et si calculus omnis huc et illuc
5
Diversus bicolorque digeratur,
Vincet candida turba nigriorem.
Si vitare velis acerba quaedam
Et tristis animi cavere morsus,
Nulli te facias nimis sodalem:
10
Gaudebis minus et minus dolebis.

 

Treinta y cuatro meses estuve contigo,

si mal no recuerdo, Julio, amigo,

en los que lo dulce estuvo mezclado con lo amargo.

Mas con todo, fueron más los hechos felices.

Y,  si todas las piedras aquí y allí

van formando dos montoncitos,

el grupo del blanco vence al del negro.

Si quieres evitar los momentos difíciles

y precaverte de los mordiscos de un alma triste,

de ninguno te hagas amigo en exceso:

gozarás menos y menos sufrirás.

 

O MENINO JESUS DA CARTOLINHA


Corría el año de 1711 y en España andábamos metidos en la Guerra de Sucesión. Una parte de la península ibérica apoyaba a Felipe de Anjou y otra parte al Archiduque Carlos. Como ya sabemos quién fue el ganador, deciros que Portugal, reino independiente, y Cataluña, sin ir más lejos, se habían apuntado,  como Humphrey Bogart,  al bando perdedor y Castilla, aprovechando esa situación,  teniendo en cuenta que Portugal apoyaba a Felipe y que el Duero pasa por Miranda, decidió invadirla y entró con sus tropas en el país vecino por enésima vez.  La hermosa ciudad fronteriza de Miranda do Douro estaba copada por los castellanos y esperaba unas tropas que nunca llegaban. Pero hete aquí que, de pronto, en las murallas de la ciudad aparece un menino vestido de fidalgo cavaleiro que anima  a los mirandeses que se arman con hoces, piedras, palos y lo que pillan y, saliendo de todas las casas y dirigidos por el menino, consiguen vencer a los españoles. Cuando al final de la batalla buscan al menino, todo es en vano: el menino ha desaparecido. Es entonces cuando los mirandeses deciden tallar una imagen de un Menino Jesus y lo visten de fidalgo cavaleiro. La cartola vino después, hacía el siglo XIX o incluso principios del XX. Sin embargo, lo verdaderamente curioso de este menino es el enxoval (ajuar) que el niño posee, fruto de donativos de los mirandeses y así lo podemos ver en traje de pastor, de fidalgo, de militar pues no podemos dejar de contar que el santo niño tienela  Ordem Militar de Sant'Iago da Espada. También, entre su enxoval, encontramos uniformes de la GNR ( Guarda Nacional republicana ) y de la PSP ( Polícia de Segurança Pública 
)
debido a que Rui Pereira, ministro de Interior en Portugal se los dio como donativo al ser él de Dua Igrejas.  Yo  conocí al menino gracias al escritor leonés Julio Llamazares en su viaje a Tras-os –Montes y, desde entonces, tengo su imagen en mi escritorio. También, siempre que voy a Miranda, tras comer un delicioso bacalhau dourado en O Mirandês, compro varios meninos como regalo a mis amigos. Si vais a Miranda, además de ver las higas talladas en piedra que los mirandeses dedicaban a los españoles y que se ven en algunas esquinas, no dejéis de visitar la catedral y de ver, en su armario acristalado y acompañado de su amplio enxoval a meu menino Jesus da Cartolinha que en mirandés, segunda lengua oficial en Portugal, se dice Nino Jasus de la Cartolica. Seguro que me lo agradeceréis

viernes, 8 de junio de 2018

TOMÁS ROMOJARO





Tomás Romojaro Sánchez nació en Santander, la marinera, un 19 de mayo de 1907. Fue Maestro y estudió en Valladolid y Madrid. Fue también “camisa vieja de Falange”, es decir, falangista no de los que se apuntaron al chollo después de la Guerra Civil, sino de aquellos que recorrían los pinares de Castilla con José Antonio. En el SEU, dirigió la sección de Magisterio y fue gobernador Civil de Santander, Valladolid y Teniendo en . Don Tomás, en su etapa santanderina, o sea, en su tierra natal, tuvo que hacer frente al terrible incendio que asoló a la capital de Cantabria y acometer su reconstrucción. Entre 1951 y 1956, Romojaro fue vicesecretario general de FET y de las JONS, pero los sucesos de 1956, lo hicieron dimitir al igual que otro falangista histórico: Raimundo Fernández-Cuesta.  Los sucesos de 1956 fueron el enfrentamiento de la Universidad a la dictadura del general ferrolano y, tras ese suceso, hubo depuraciones en el régimen. No obstante, Romojaro siguió como procurador de las Cortes franquistas de las que llegó a ser Secretario Primero y como tal, un  23 de julio de 1969, en su condición de Primer Secretario de las Cortes, fue el procurador que dio lectura del acta levantada esa mañana en el palacio de la Zarzuela del acto por el que se notificaba al futuro Juan Carlos I el acuerdo adoptado el día anterior en cuya virtud quedaba proclamado como príncipe de España y sucesor a título de Rey. Como se ve, un viejo conocido de la Casa Real. Tampoco dejó su trabajo en la enseñanza y después de los acontecimientos ya relatados de 1956, Romojaro fue nombrado Inspector General de Enseñanza Primaria.
         Murió en Madrid, en 1980 cuando tan sólo faltaban dos años para que Felipe González subiera al poder. Por cierto, Romojaro tiene colegios con su nombre en varias localidades españolas. Teniendo en cuenta que su profesión era la de maestro y que llegó a ser Inspector de Primaria, no me parece un deslate habiendo centros dedicados a Dolores Ibarruri o a Mafalda. En fin, no voy a entrar en polémicas estériles y ahí os dejo la vida y milagros de Tomás Romojaro.

SEBASTIÁN DE COTES, OTRO OLMEDANO DE PRO




Nada sabemos, por desgracia, sobre la fecha de nacimiento de este olmedano que era hijo de García Cotes y Rivera, regidor de Olmedo, y de Felipa de la Cárcel.  Estudió en el colegio del Arzobispo Fonseca, en Salamanca, en cuya universidad llegó a ser catedrático. El olmedano embarcó para Nápoles a donde iba con el cargo de oidor de la Regia Cámara Sumaria del reino, pero, como el chico apuntaba maneras, llegó hasta presidente. Inocencio XII le concedió un deanato en Tudela con el que, muy hábilmente, le aseguraba el pan para el resto de su vida.
Ya en España, Carlos II lo nombró miembro del Consejo de Italia, en 1696, Consejero presidente del Consejo de Hacienda; en 1698, está Sebastián en el Consejo de Castilla y, dos años antes de su muerte, en 1701, es comisario general de la Santa Cruzada. Murió en Madrid, en 1703 y es menester reconocer, ante todo, que al olmedano Cotes le tocaron muy malos tiempos con ese pobre rey enfermo. No obstante, tuvo tiempo para escribir algunos tratados sobre en leyes en latín que, de seguro, no han sido tan leídos como las infames novelas de Màxim Huerta, vergonzante ministro de Cultura.



LA SANGRE DE CRISTO




Como hace poco fue el día del Corpus Christi, me gustaría contaros una historia que tiene un gran interés. Nos tenemos que trasladar a la Argentina, al año 1999 y la parroquia de Santa María. En plena misa, de la Hostia ya consagrada, empieza a manar un líquido rojizo. El obispo de la diócesis de Buenos Aires, al que se le hizo saber el extraño suceso, decidió abrir una investigación y se la encargó – con muy buen criterio para que nadie pensara que era una historia de curas-, a un médico ateo. Este médico realizó tres series de pruebas en tres países diferentes del mundo. Todas las pruebas estaban de acuerdo: era sangre humana, que contenía glóbulos blancos intactos, y músculo de corazón “vivo”, miocardio ventrículo izquierdo, además de glóbulos rojos.  Ya sé que para el que, por desgracia, no tiene fe de nada le valen hasta los análisis científicos, pero, como en tantas ocasiones, los hechos fueron, para la ciencia médica, absolutamente inexplicables. Fijaos que no estamos hablando de la Edad Media, sino de tan sólo diecinueve años desde que se produce el hecho y tan sólo doce desde que se publicaron los resultados pues se tardaron más de siete años en realizar las pruebas. Decía antes que no creo que ningún no creyente se haga creyente y digo ahora que a los católicos no nos hacen falta las pruebas: “sabemos” que Jesús está presente en “carne viva” en la Eucaristía por un milagro de amor y el amor no tiene barreras. No intentemos entenderlo porque nuestra inteligencia es muy pobre para estos misterios y, el mero hecho de intentarlo, casi un acto de soberbia. Pensemos  tan sólo en el Amor Supremo de Cristo que quiso quedarse con nosotros y se quedó en la Eucaristía con su cuerpo y con su sangre.  Por cierto, se me ha olvidado deciros que el arzobispo de Buenos Aires por aquellos años era un “tal Jorge Mario Bergoglio”; sí, el actual papa Francisco. Ahí os dejo este testimonio para que oréis un rato.


viernes, 1 de junio de 2018

LA VENDIMIA


LA VENDIMIA

 

 

A los boecillanos de Barcelona que siguen vendimiando en sueños

 y a Mariano Villafruela que sabe tanto de la vendimia .

 

 

Todas las mañanas hago el mismo recorrido: bajo por el Paseo de Gracia, me llego hasta la Plaza de Cataluña; allí me siento en un banco, miro las palmeras y les doy de comer a las palomas. Luego por la Ronda de Sant Pere me voy hasta el parque de la Ciudadela y desde allí  hasta la Estación de Francia. Otras veces cambio el paseo y es la de Sants el final de mi escapada. En primavera recorro el Paseo de Colón para ver el mar. No lo conocía hasta que llegué a esta ciudad. Fue hace ya, no sé, cuarenta años quizás. El tren había salido de un pueblo vecino al mío y, siguiendo lo que llamaban la línea de Ariza, había dividido con su marcha Castilla y Aragón hasta dejarme en una estación llena de gente; gente que también emigraba a esta tierra con un hatillo y un haz de esperanzas; gente que buscaba aquí lo que el pueblo no les podía dar. Aquella noche dormí en una pensión destartalada en la calle de Numancia. Estaba solo y al acostarme en aquella cama desvencijada me acordé de Mercedes que se quedó con Glorita, nuestra primera hija, la única que nos nació en el pueblo,  esperando que les mandara mi primer sueldo para que se pudieran reunir conmigo. Vinieron cuatro meses después y, hasta que pudimos encontrar un piso barato de alquiler, vivimos en un pensión barata de la calle Entenza.  

 

Hoy me he sentado en el puerto como en mis tiempos de estibador. El mar golpea monótono contra el malecón; los bolardos sujetan con firmeza las maromas de los barcos que parecen que quieren escapar. Como yo. Si pudiera volvería a aquella mañana en que mi madre me llamaba desde la cocina. Apenas había podido dormir con la emoción de mi primera vendimia. Cuando el sol de Octubre llenó mi habitación de una luz dorada y cálida, yo ya llevaba despierto mucho rato espiando los ruidos en el corral, queriendo oír las voces de los vendimiadores. ¡Que no se marchen sin mí! me decía mientras me levantaba y me vestía. Corrí para incorporarme a las cuadrillas y de repente me sentí más hombre. Esta noche, pensé, podré llegarme hasta la ventana de Mercedes y allí, vestido con mi camisa blanca y mi pantalón nuevo de pana, decirle que me gusta. Y luego, cuando me haya dicho que yo a ella también, liarme un cigarro y fumármelo muy despacio como hacía el Matías, el mayoral,  en la taberna cuando venía de marcar a los toros. Pero los vendimiadores se rieron de mi presencia. “¿Dónde vas tú, chaval? ¡Que éste es un trabajo de hombres!” Lleno de rabia les quería demostrar que podía llevar tantos cestos como ellos, que podía llevar tanta uva al lagar como el más veterano. Pero no confiaban en mí y -  recuerdo - me encargaron de cuidar la ropa y de llevar el burro por el ronzal, mientras ellos se reían y hablaban de cosas de hombres.

 

Llevando a Andaluz del ronzal llegué al viñedo. Las uvas colgaban dispuestas ya para su vendimia. Comenzaron a vendimiar y los racimos se dejaban coger por las manos de aquellos hombres que los iban echando en los covanillos. Algo de su sangre goteaba al suelo como si aquellos bárbaros hubieran violado a una diosa antigua que habitaba entre las viñas. El río, a nuestros pies, nos miraba con su mirada de siglos y guardaba silencio. Yo miraba también y callaba.

 

La voz del capataz rasgó la mañana: “¡Ea, muchachos, a almorzar!” Y fue el primero en pasar la bota que fue corriendo de mano en mano hasta llegar a mí. “¡El zagal que no beba, que le puede hacer mal!” Cogí la bota con rabia y el vino me refrescaba la lengua, chocaba en mis dientes, limpiaba mi gaznate del polvo del camino y del viñedo. ¡Qué se habían creído esos! ¡Yo ya no era un niño! ¡Esta noche verían lo que ya tenía de hombre! “¡Mirad cómo bebe el rapaz”! Mi padre se acercó sonriendo y me quitó la bota. “Si sabes beber, sabes trabajar” Y me dio esta navaja que tengo ahora en mi mano, a la que acaricio como si fuera la mano de una mujer, como acaricié la mano de Mercedes aquella misma noche Yo la esperé en la ventana. Había liado ya mi primer cigarro y entre toses le iba dando las primeras caladas. La luna jugaba al escondite con las nubes y unos mozos borrachos cantaban coplas del Pinto. Cuando salió Mercedes le dije que me gustaba, que quería ir con ella como hacían las parejas por la carretera vieja, hasta la curva del pago de la Barca. Y ella no me dijo nada pero me dio su mano.  “Empieza por aquellos majuelos, chaval!” Mi mano cortaba los racimos con ansia, uno tras otro, sin descanso. “¡Eh, chaval, más despacio que nos vas a quedar sin trabajo.” Así no tendrían dudas de que yo era un hombre, tan hombre como ellos; que yo también servía para algo y,  cuando fuera a la taberna por el vino,  me dejarían acercar a los grupos de los hombres y no me echarían diciéndome de malas maneras que eso no eran cosas de niños. Mi padre se acercó sonriendo. “Toma, bebe, que te lo has ganado” Cargamos las uvas en los cestos y los echamos en los carros. Algunos covanillos goteaban porque los racimos se habían esmostado.  Me subí en uno de aquellos carros y me puse a cantar. El cura, que pasaba por el camino leyendo su breviario, me dijo que me parecía a no se qué dios griego. El sabrá. Yo no estudié más que las cuatro reglas y leí un poco en la escuela. Luego, aquí en esta ciudad, no me pidieron más que mi fuerza: mi fuerza para cargar y descargar sacos en una panadería de la calle Balmes; mi fuerza para subir los ladrillos en las obras que servían para construir las casas de otros emigrantes como yo; mi fuerza para estibar los barcos. Ya nadie me volvió a hablar de aquel dios griego pero aquel día, por un momento, yo fui un dios de la vendimia y un vendimiador en broma me coronó con una corona de pámpanos. ¡Ay, si siempre hubiera sido ese dios!

 

Caían las uvas de los cestos a la lagareta y desde allí iban llenando el lagar, dispuestas a su sacrificio anual. Ya los hombres, descalzos los pies, se disponían como poseídos por alguna furia a pisarlas. Los miré como pidiéndoles permiso. Bastó la mirada del Tomás para saber que yo también en el lagar era uno de ellos como lo había sido en el viñedo. Con un ritmo frenético me uní a aquel baile pisando la uva con ese compás que me dictaba la sangre que más ardiente que nunca corría por mis venas.  El Anselmo y otros del pueblo pusieron las tablas sobre aquella uva pisada por nosotros y la terminaron de prensar con la viga. Yo miraba con impaciencia al bocino, esperando ver caer el mosto rojo y espeso. ¡Era la sangre de la tierra lo que salía y lo que con cuidado cargábamos en pellejas para llevarlo a las cubas! ¡Era nuestra sangre y nuestro sudor! Mi padre me miraba sonriendo. ¡No le había salido el hijo malo, no! ¡Una gloria, verle pisar la uva! ¡Una gloria verle subir las pellejas! Cuando ese mosto ya hubiera fermentado,  ya habría echado su primer cigarro y puede que ya le hubiera dicho a la Merceditas que le gustaba. Se me hace mayor este rapaz. Ayer me parece cuando nació y, mira, hoy ya tengo un hombre en casa. Yo le miraba orgulloso, diciéndole con la mirada que ahí estaba su hijo para ayudarle, para mantener esa casa; que ahí estaban mis manos para ayudar en las tierras, para ahuyentar el hambre y hacerlo huir por el camino de los almendros; que ahí estaban mis manos, mis  manos...

 

Me estoy mirando mis manos encallecidas por el trabajo de la estiba, por los ladrillos, por los sacos. He cerrado mi navaja, la que me regaló mi padre aquella mañana. He vuelto a recorrer el Paseo de Gracia camino de casa. Ya estamos solos Mercedes y yo. Los hijos se casaron y se fueron a Manresa y a Sant Celoni. Vienen  los domingos con los nietos y entre ellos hablan en catalán. Ya son de esta tierra. Ellos no han visto la sangre de aquellas viñas, ni han tenido en sus manos los racimos, ni han participado en la violación de la diosa antigua que habitaba en los viñedos, ni les han coronado como a dioses griegos. La vida me parece ahora que recorre las últimas estaciones, que al igual que aquel viejo tren que me sacó de mi pueblo tiene ganas de llegar a su destino. Desde aquel día de la vendimia en que me hice hombre el recorrido ha sido largo y duro: pagar con cuatro perras el piso, el apuro de llegar a fin de mes, las huelgas en el puerto en las que muchas veces tuve que hacer de esquirol para poder dar de comer a mis hijos. Ahora paseo y me siento en los bancos; les doy de comer a las palomas y hablo con otros jubilados que,  como yo,  vinieron a esta ciudad buscándose la vida. A veces pienso que es una expresión absurda ésta: buscarse la vida. ¡Cómo si la vida no nos buscara para golpearnos donde más nos duele, para robarnos a la hija que más queremos con la excusa de una enfermedad que la llaman cáncer! Algunos domingos voy a verla y le dejo un ramo de flores en la tumba y pienso en aquella niña que llegó con su madre y en aquel hombre que las esperaba en el andén y en aquella mujer morena que la llevaba en brazos.

 

Estoy recorriendo la Diagonal. Algunos chicos me miran. Yo les miro a ellos. Andan enamoriscados de unas chicas y las cortejan de una manera que yo no puedo entender. No tienen más de quince años.  Al igual que yo en aquella vendimia se quieren hacer hombres. A veces, cuando el día está triste porque el sol está como velado por la neblina del mar, pienso despacio en mi vida. Pienso que ya sólo me quedan los recuerdos, las mañanas de sol y las palomas; que en nuestro piso, ése que tanto sudor y tantos callos en las manos me costó,  envejecemos una mujer morena y yo; que mi hija ya nos espera en aquella tumba al sol de Tiana. Sin embargo, si alguien me preguntara por la vida le diría que es buena, que merece la pena  vivirla aunque tan sólo sea por aquella vendimia y por los ojos de aquella mujer morena que me esperan en una calle del Poble Nou.  Y también le diría que algunas veces, sólo cuando estoy muy triste,  pienso que no merecía tanta prisa por hacerse  hombre.