miércoles, 29 de agosto de 2018

LOS POEMAS DEL POETA QUE ESCRIBIÓ "ORDESA"




De nada conocía a este poeta de Barbastro hasta que llegó a mis manos Calor, libro de 2008, y que se alzó con el premio Fray Luis de León. Empieza el barbastrino con un poema sobre la Boda Real de Buena factura; sigue con un poema a su coche viejo en ese momento difícil de la entrega para el cementerio de automóviles. El recuerdo del coche y de la vida que pasó con él está muy bien logrado. Muy “celaniano” es Cocaína con esa “luz de la ciudad, te bebbemos de noche” y también emotivo es el Mazda 6, el coche del poeta con el que va a dar una conferencia a unos jóvenes de un instituto del extrarradio zaragozano. Terrible y duro el de Crematorio al igual que el suicido del soldado Miguel Fernández Díaz, compañero de Vila en la mili. Tengo que reconocer que el libro consiguió el premio con todo merecimiento y de él me quedo con dos versos que voy a apuntar en mi agenduca:

 

Como chicos y chicas nadando en los ríos

con las bicicletas apoyadas en los árboles.

 

Os dejo el impactante poema

 

EL CREMATORIO

 

 

Les pregunté por el horno a aquellos dos tipos,

era la noche del 18 de diciembre del año 2005,

carretera de Monzón, que no sabes dónde está Monzón,

es un pueblo perdido en el desierto.

Aires de tormenta en lo Alto, sobre la nada desnuda

como una recién casada, luna abajo de las carreteras muertas.

Monzón, Barbastro, mis sitios de siempre.

Me dejaron ver por la mirilla y allí estaba ya el ataúd ardiendo,

resquebrajándose, la madera del ataúd al rojo vivo.

 

El termómetro marcaba ochocientos grados.

Imaginé cómo estaría mi padre allí dentro de la caja.

Y la caja dentro del fuego y mi corazón dentro del terror.

Hasta las ganas de odiar me estaban abandonando.

Esas ganas que me habían mantenido vivo tantos años.

Y mis ganas de amar, ¿qué fue de ellas? ¿Lo sabes tú,

Señor de las grandes defunciones que conduces

a tus presos políticos a la insaciabilidad, a la perdurabilidad,

a la eternidad sin saciedad, oh, bastardo,

Tú me arrancas,

amor de Dios, oh, bastardo?

 

Recoge a ese hombre en mitad del desierto.

O no lo recojas, a mí qué puede importarme

tu presencia heladora en esta noche del borracho

que he sido y seré, contra ti, o a tu favor,

es lo mismo, qué grandeza, es lo mismo.

El principio y el final, lo mismo, qué grandeza.

El odio y el amor, lo mismo; el beso y la nalga,

lo mismo; el coito esplendoroso en mitad de la juventud

y la putrefacción y la decrepitud de la carne,

lo mismo es, qué grandeza.

 

 

El horno funciona con gasoil, dijo el hombre.

Y miramos la chimenea,

y como era de noche,

las llamas chocaban

contra un cielo frío de diciembre,

descampados de Monzón,

cerca de Barbastro, helando en los campos,

tres grados bajo cero,

esos campos con brujas y vampiros y seres como yo,

“allí sube todo”, volvió a decir el hombre,

un hombre obeso y tranquilo,

mal abrigado pese a que estaba helando,

la espesa barriga casi al aire,

“dura dos o tres horas, depende del peso del difunto,

dijo difunto pero pensaba en fiambre o en saco de mierda,

antes hemos quemado a un señor de ciento veinte kilos,

y ha tardado un rato largo”, dijo.

“Muy largo, me parece”, añadió.

 

“Mi padre sólo pesaba setenta kilos”, dije yo.

“Bueno, entonces costará mucho menos tiempo”,

dijo el hombre. El ataúd ya eran pepitas de aire o humo.

 

Al día siguiente volvimos con mi hermano

y nos dieron la urna, habíamos elegido una urna barata,

se ve que las hay de hasta de seis mil euros,

eso dijo el hombre.

 

“Sólo somos esto”, sentenció el hombre de una forma ritual,

con ánimo de convertirse en un ser humano, no sabiendo

ni él ni nosotros qué es un ser humano,

y me dio la urna guardada dentro de una bolsa azul.

Y yo pensé en él, en lo gordo que estaba, en cuánto tardaría él

en arder en su propio horno. Y como si me hubiera oído

dijo “mucho más que su padre” y sonrió agriamente.

 

Entonces yo le dije “el que tardaría una eternidad

en arder soy yo, porque mi corazón

es una piedra maciza y mi carne acero salvaje

y mi alma un volcán

de sangre a tres millones de grados,

yo rompería su horno con solo tocarlo,

créame, yo sería su ruina absoluta,

más le vale que no me muera por aquí cerca”.

Por aquí cerca: descampados de Monzón,

caminos comarcales,

Barbastro a lo lejos, malas luces,

ya cuatro grados bajo cero.

 

Coja las cenizas de su padre, y márchese.

 

Sí, ya me voy, ojalá yo pudiera arder como ha ardido

mi padre, ojalá pudiera quemar

esta mano o lengua o hígado de Dios

que está dentro de mí,

esta vida de conciencia inextinguible

e irredimible;

la inextinción del mal y del bien,

que son lo mismo en Él.

La inextinción de lo que soy.

 

Ojalá su horno de ochocientos grados quemase lo que soy.

Quemase una carne de mil millones de grados inhumanos.

Ojalá existiera un fuego que extinguiese lo que soy.

Porque da igual que sea bueno o malo lo que soy.

Extinguir, extinguir, extinguir lo que soy, esa es la Gloria.

 

Coja las cenizas de su padre, y márchese.

No vuelva más por aquí, se lo ruego, rezaré

por su padre. Su padre era un buen hombre

y yo no sé qué es usted, no vuelva más por aquí,

Se lo ruego. Por favor, no me mire, por favor.

 

Tuvo un Seat 124 blanco, iba a Lérida,

visitaba a los sastres de Lérida y a los de Teruel,

comía con los sastres de Zaragoza,

pero ahora ya no hay sastres en ningún sitio,

dijo una voz.

 

Qué solo me he quedado, papá.

Qué voy a hacer ahora, papá.

Ya no verte nunca es ya no ver.

Dónde estás, ¿estás con Él?

Qué solo estoy yo, aquí, en la tierra.

Qué solo me he quedado, papá.

 

No me hagas reír, imbécil.

 

Oh, hijodeputa, has estado conmigo allí

donde yo estuve, sin moverte de las llamas.

He viajado mucho este año, mucho, mucho.

En todas las ciudades de la tierra, en sus hoteles memorables,

y también en los hoteles sucios y bien poco memorables,

en todas las calles, los barcos y los aviones,

en todas mis risas, allí estuviste, redondo

como la memoria trascendental, ecuménica y luminosa,

redondo como la misericordia, la compasión y la alegría,

redondo como el sol y la luna,

redondo como la gloria, el poder y la vida.

 

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