domingo, 31 de mayo de 2020

DON FERMÍN DE PAS


Sigo, si me lo permitís, con los personajes de la Regenta y voy a intentar analizar - ¡ojo, siempre en zapatillas, sin ningún alarde académico!-, a don Fermín de Pas, el magistral. Lo primero, decir que el magistral es el canónigo encargado de la predicación en el cabildo catedralicio. Estas cosas no eran necesarias de recordar hace unos años, pero en esta época que corre y no sabe a dónde, sí que lo es. Hecha esta pequeña precisión, sigo con el análisis. Don Fermín es un sacerdote que, como él mismo le dice a Petra, la criada de don Víctor,  es un aldeanote que juega muy bien a los bolos. Y esa es la madre del cordero: que don Fermín no tenía que haber tomado nunca los hábitos porque hubiera sido un magnífico aldeano en su pueblo, bebiendo sus vinos en la taberna, bailando a los sones de la gaita y teniendo  ayuntamientos carnales con su santa esposa. Llevado por su madre, que es una señora terriblemente ambiciosa que usa a su hijo para sus no siempre limpios negocios, don Fermín entra en religión, pero error en haberse vestido de magistral se ve cuando le deja morir a Santos Barinaga, pese a lo mucho que se pide el obispo que no era sino un títere en sus manos,  porque este pobre desgraciado es la competencia a la tienda de doña Paula, la madre de Fermo.  Además, se ve a la legua que su vocación es equivocada  porque Fermín no es de los elegidos por el Señor para el don de la Santa Pureza y por la Regenta siente un ardoroso amor carnal que sólo se hubiera curado yaciendo con la pobre Ana Ozores. Ya dijo aquel jesuita genial que fue el padre Lamet que “la castidad no era para todos” y quizás tan sólo los elegidos pueden “disfrutar de ella sin esas graves alteraciones que puede producir”. El único momento de la novela en que don Fermín de Pas es don Fermín de Pas de verdad es cuando se viste de “paisano” y reconoce que su  sotana es una máscara. Pero le puede la ambición y, en lugar de volverse a su pueblo en los montes, sigue con la máscara y con ese deseo desmedido de poder que le ha  inoculado su “santa madre” y sigue siendo magistral. Una pena. Fijaos que, con una actitud ambigua y poco clara, casi arrastra a Quintanar a batirse con Álvaro y lo hace porque él, como “marido real” de Ana, se siente tan ofendido o más que Víctor y, si hubiera podido, él mismo hubiera matado a Mesía ahogándolo como quiere hacer al final de la novela con la pobre Regenta. Suerte que sus manos pasan del cuello de ella a su propio cuello porque, si no, además de un mal cura, hubiera sido un asesino. Buenos basta por hoy. para otro día, hablaremos de Ana Ozores.

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