sábado, 23 de mayo de 2020

DOS SEÑORITOS ABURRIDOS


Me ha dado en estos últimos días por reflexionar sobre dos novelas imprescindibles de la literatura española: La Regenta de Clarín y Fortunata y Jacinta de Galdós. Ambos son autores muy de mi gusto y tanto se ha dicho ya y se dirá sobre estas novelas magistrales que poco o nada puedo aportar. Sin embargo, permítaseme un apunte tan sólo sobre dos personajes que reflejan la vida aburrida de los casinos que frecuentaban los burgueses españoles del XIX: don Álvaro Mesía, en la Regenta, y Juanito Santa Cruz en Fortunata.

         Comparados los dos, vemos que son muchas sus similitudes: señoritos de casino que no hacen nada, que “ no dan un palo al agua”,  Juan y Álvaro se aburren en una sociedad que “ hacía la digestión del cocido y de la olla podrida” en unos casinos cuyos libros llevaban, como cuenta Clarín, muchos años sin que nadie los hubiera pedido porque al Casino se iba a jugar, a conspirar,  a politiquear, a “hacerle el caldo gordo al cacique de turno” y a cotillear, pero no a leer. ¡Sorprende lo poco que hemos cambiado! Pero sigamos con ambos “pollos pera”. Juan y Álvaro tienen que matar ese taedium vitae de alguna manera y no encuentran otra que dedicarse a mantener relaciones con señoritas casaderas, señoras casada y con toda fémina que se les ponga a tiro porque, para ellos, esto del amor no es más que una aventura “cinegética” para “llevarse el trofeo” y colgarlo en las paredes de la sala de algún casino rancio. Juan Santa Cruz conoce a Fortunata y se encapricha de ella. Aquel estudiante de Derecho que no ejercerá nunca porque lo suyo son los amoríos y las tabernas del pueblo llano, se enamorará perdidamente de la pobre chica nacida en el Madrid castizo, pero será para él un pasatiempo, un juego más como el tresillo o la brisca. Don Álvaro Mesía,  que gasta su tiempo en politiquerías caciquiles,  buscará el amor de la Regenta por puro “deporte”, por puro afán de poner una muesca más en la barra del casino de Vetusta. Ante esa sociedad aburrida de “burgos podridos” (Azaña dixit), las andanzas de don Álvaro y de Juanito son la distracción que les eleva el tono vital amuermado por la lluvia, los braseros y los garbanzos. Ni uno ni otro quieren de verdad porque uno y otro usan a las mujeres por puro sport contra el spleen, para calmar su aburrimiento de señoritos consentidos. Sin embargo, Fortunata, que sí que ama a Juan con toda su alma, acabará muriendo en una buhardilla cercana a la Plaza Mayor madrileña y su marido, Maximiliano Rubín, acabará también en un manicomio porque el amor, invencible en el combate  que decía Sófocles, puede enloquecer a los que se lo toman en serio. También acabará mal don Víctor Quintanar, el Regente, que amaba a Ana Ozores, cierto que no como un marido pues su amor era más de padre, pero que la quería de  todo corazón. Por cierto, que tras la muerte de don Víctor, toda Vetusta habla, critica, se “hace lenguas”: las señoras en las salitas de té de las casas burguesas; los hombres en el casino y, aunque parezca mentira, los canónigos, aburridos entre facistoles y ambiciones personales. Parece que, durante muchos siglos, el peor enemigo de Cristo ha estado dentro de las catedrales, eso sí, frente a esos sacerdotes cuya voluntad de servicio primaba sobre su ambición y desprecio por los fieles que eran usados también por magistrales, penitenciarios y provisores como Juan y Álvaro utilizaban  a sus amantes. Para conocernos, ¡qué bueno es leer a estos grandísimos autores del XIX! Y, tras conocernos entonces, hacer un examen de conciencia para comprobar si hemos cambiado en algo o seguimos haciendo la digestión del cocido y la olla podrida en tardas largas de peligroso aburrimiento.




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